Entre a Paisagem do Deserto e o Pequeno Abismo

http://terramagazine.terra.com.br/interna/0,,OI2953634-EI7485,00.html

Terra Magazine

Terça, 17 de junho de 2008, 22h42

O prazer do texto

por JOÃO CARLOS SALLES

Anos atrás, um aluno do curso de filosofia da federal vangloriou-se por ter conseguido se formar sem ter lido um livro inteiro sequer. Ora, isso dificilmente seria possível nos dias de hoje. Em quase todo país, houve uma mudança considerável na concepção dos nossos cursos e no perfil profissional de nossos egressos.

Um índice relevante é a relação de docentes e discentes com nossas fontes primárias, os livros clássicos de filosofia. Afinal, os manuais de filosofia, por necessários ou excelentes que possam ser, nunca devem tornar-se principais e menos ainda suficientes.

Aliás, em certo sentido, a própria expressão “manual de filosofia” não deixa de comportar alguma mínima contradição em termos. Se é próprio do filosofar o caminho tortuoso por que chegamos, muita vez, a resultados aparentemente parcos ou nenhuns, o manual parece pretender atingir esses mesmos resultados, mas em linha reta. A filosofia é sempre labiríntica, e os manuais, em sua maioria, parecem preferir a paisagem dos desertos.

Na maioria dos nossos cursos, porém, os manuais têm dado lugar aos próprios textos filosóficos. E isso, em grande parte, por nosso corpo docente estar sendo formado em um novo estilo – e então não importa se a tradição a que se vincula é analítica ou hermenêutica, se prefere enfrentar temas ou se privilegia, por exemplo, uma abordagem vertical da história da filosofia.

O texto filosófico clássico (inclusive o contemporâneo) é agora uma dimensão que nos unifica, sendo o confronto preferencial com ele, em edições de qualidade, a oportunidade essencial de nossa formação.

Temos tido assim uma grande vitória. E, por sinal, ela é tamanha que a atenção ao texto pode chegar a outros extremos indesejáveis. Depois de combater tanto os que não liam sequer um livro, eventualmente temos agora até que afastar a tentação de alunos da graduação só lerem um único grande livro, com o que nossos jovens mais promissores se vêm levados a uma indesejável especialização precoce. Deixaram decerto de ser um mar de meia polegada, mas correm o risco de ficar aprisionados em um pequeno abismo.

Não pode formar adequadamente quem não estiver bem formado. Tampouco despertará vocações filosóficas quem não se encanta com o texto, quem não é capaz do prazer exato de entendê-lo e mesmo de revivê-lo por sua leitura. E tal prazer é extraordinário, mas intrínseco ao trabalho filosófico, como talvez o enuncie Wittgenstein ao apresentar seu Tractatus.

Na primeira frase do seu prefácio, queremos crer, Wittgenstein enuncia o desafio característico e quase paradoxal não apenas da sua, mas de toda grande obra filosófica: “Este livro talvez seja [lido?] apenas por quem já tenha alguma vez pensado por si próprio o que nele vem expresso – ou, pelo menos, algo semelhante. – Não é, pois, um manual. – Teria alcançado seu fim se desse prazer a alguém que o lesse e entendesse”.

Sem que desejemos recusar algum eco de Barthes, foi essa frase de Wittgenstein que inspirou o título do nosso Colóquio O Prazer do Texto, colóquio promovido pelo programa de pós-graduação em filosofia da UFBA e que chega agora à sua quarta edição.

A nosso ver, essa inspiração de Wittgenstein deve ser reiterada. Mais ainda, ela coincide com um esforço presente em todo país por fazer coincidir a profissionalização cada vez maior do trabalho filosófico com a vocação necessária para a filosofia. Muitos são os esforços nesse sentido, e o do nosso colóquio […] tem sido um entre eles.

Por meio de esforços assim prazerosos, a formação de nossos alunos e a pesquisa de nossos professores (com independência de sua orientação) têm conformado um padrão de qualidade elevado em todo país, contribuindo para a consolidação e a identidade de uma comunidade filosófica nacional.

[João Carlos Salles é professor do Departamento de Filosofia da UFBA e publicou os livros A Gramática das Cores em Wittgenstein e O Retrato do Vermelho e outros ensaios. E-mail: joaocarlos.salles@terra.com.br. (C) Terra Magazine]

Convite a Pensar

http://www.unav.es/noticias/opinion/op201107.html

La Gaceta de los Negocios (Madrid), 20 de noviembre de 2007

¿Piensan los jóvenes?

por JAIME NUBIOLA

La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que “no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios”.

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. “Quien piensa se raya” -dicen en su jerga-, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar -vienen a decir- si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.

En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento -por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura- exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. “Ni quiero una chaqueta para toda la vida -escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog- ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos “te quiero” demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida”.

El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que “el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos”. Esto sucede -explicaba Arendt- cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad -añado yo- vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.

Resulta muy peligroso -para cada uno y para la sociedad en general- que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos -como aspiraba Wittgenstein- a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.

© 2007 Universidad de Navarra

“mentalês”

http://www1.folha.uol.com.br/folha/pensata/helioschwartsman/ult510u381198.shtml

Folha Online – pensata – 13/3/08

Clima de Guerra

por HÉLIO SCHWARTSMAN

… A primeira coisa que me veio à mente foi o “Ensaio sobre a Origem das Línguas”, divertido texto de Jean-Jacques Rousseau em que o autor atribui às condições atmosféricas determinadas características dos idiomas. Assim, “nos climas meridionais, onde a natureza é pródiga, as necessidades nascem das paixões; nas regiões frias, onde ela é avara, as paixões nascem das necessidades, e as línguas, tristes filhas da necessidade, ressentem-se de sua áspera origem”. Enquanto, no sul das “paixões voluptuosas” a primeira palavra foi “amai-me”, no norte ela foi “ajudai-me”.

… Várias eminências pardas do pensamento filosófico ocidental seguiram a mesma direção. Nietzsche, por exemplo, em “Vontade de Potência”, escreveu: “Temos de parar de pensar se nos recusarmos a fazê-lo na prisão da linguagem”. Heidegger vai na mesma linha: “O homem age como se ele fosse o formador e o mestre da linguagem, quando, na verdade, a linguagem é a mestra do homem”. E também Barthes, como sempre exagerando: “O homem não existe antes da linguagem, seja como espécie, seja como indivíduo”. Até o geralmente mais preciso Wittgenstein diz algo parecido: “Os limites de minha linguagem são os limites de meu mundo”.

Bem, todos eles estão errados. Quem volta a demonstrá-lo com elegância é Seteven Pinker, em seu mais recente livro, “The Stuff of Thought” (a matéria do pensamento). As frases destes grandes filósofos são versões mais ou menos vigorosas daquilo que em lingüística se conhece por Hipótese Sapir-Whorf (SWH), assim batizada em referência ao lingüista Edward Sapir (1884-1939) e seu aluno antropólogo Benjamin Lee Whorf (1897-1941).

O que a SWH basicamente diz é que existe uma relação sistemática entre as categorias gramaticais da língua que uma pessoa fala e o modo como ela compreende o mundo e nele atua. É claro que, em algum grau, língua e pensamento se relacionam, ou os idiomas seriam inúteis, pois não poderiam nem comunicar idéias. Mas o que a SWH sustenta, pelo menos em suas formulações mais radicais, é que ela determina o pensamento.

… Mas, voltando à questão da linguagem, evidências empíricas fornecidas por pesquisas no campo da neurociência indicam que o cérebro teria um idioma próprio, o mentalês. É nele que armazenamos informações em neurônios e as processamos e depois as “retraduzimos” para a língua natural por nós falada. Se há um filósofo que estava quase certo é Kant, ao propor que nosso cérebro pensa sobre intuições de espaço e tempo e através de categorias como quantidade (unidade, pluralidade), qualidade (realidade, negação) e relação (causalidade, comunidade).

É uma boa notícia para poetas e visionários. Não apenas a tradução é possível como também, pelo menos num sentido profundo, todos os homens compartilham um idioma comum e não é impossível que venham a entender-se. …

o especialista instantâneo em filosofia 1

por JIM HANKINSON

Introdução: O que a filosofia é
Eis uma coisa que o leitor deve sempre evitar tentar explicar. Mas pode desejar ficar com duas coisas claras desde o início.

Em primeiro lugar, a filosofia não é um assunto – é uma atividade. Conseqüentemente, não se estuda: faz-se. É assim que os filósofos, pelo menos os da tradição anglo-saxônica (que por qualquer razão histórica obscura parecem incluir os finlandeses), têm tendência para pôr a coisa. Em segundo lugar, a filosofia é em grande parte uma questão de análise conceptual – ou seja, pensar sobre o pensamento. Por agora, limitemo-nos ao mais básico.

Isto é algo que no sentir de alguns filósofos é impossível, mas não há razão para o leitor lhes seguir o exemplo. Para o visitante casual que observa rapidamente a paisagem, a filosofia parece desconcertantemente difícil. Uma das suas maiores dificuldades é o fato de os filósofos, salvo raras e honrosas exceções, acharem praticamente impossível usar uma linguagem compreensível para as pessoas comuns, como por exemplo o português. Acontece até que quando um filósofo quer referir-se à Pessoa Comum (uma espécie que é improvável que ele tenha conhecido em primeira mão, apesar de poder ter ouvido lendas de viajantes acerca dela), usa a expressão “o homem que apanha a carreira 45 para a Damaia”, aparentemente sem se dar conta de que já ninguém usa a palavra “carreira”, exceto para referir o percurso vicioso dos políticos, nem que a Damaia já não é também o exemplo ideal da mediocridade suburbana lisboeta.

A sua tarefa, portanto, é alcançar pelo menos uma tênue compreensão do mais profundo alcance do vocabulário técnico, tal como é usado, de forma tão enigmática, pelo filósofo contemporâneo. Não se preocupe. A competência lingüística, tal como o segundo Wittgenstein teria dito (que não deve confundir-se, é claro, com o primeiro Wittgenstein, que não diria tal), é uma questão de pôr as palavras na ordem certa. O leitor não terá realmente de compreender que quer dizer a maior parte disto, se é que quer dizer alguma coisa. [Tradução de Desidério Murcho]